Cecilia


Con las manos apoyadas en la cintura, dije a Koos que “aquesta bici està feta una merda”. De pie junto a mi vehículo, me descubrí despreciándola con mirada de abandonador; ella, a mi lado, humillada sin sillín y bajo un manto de heces aviares. 
Con la a de “merda” aún en la boca y como una hamburguesa cósmica siendo volteada en la barbacoa de mi estómago, me chasqueé los dedos. Detente. En voz tierna pero firme me pedí no volver a hablar así de aquella extensión de mí misma, fiel caballo de metal y cómoda sostenedora de mis nalgas interurbanas. Fue en ese taller de bicicletas que decidí que esta vieja máquina de traslados no dormiría más en la calle, bajo los anos tóxicos de las palomas del Baix Guinardó. 
Mi querida bici, de nombre Cecilia por El carrer de les Camèlies de Mercè Rodoreda, vuelve ahora a dormir en la salubridad e higiene de mi casa, donde sus ruedas serán limpiadas con trapillos y su timbre, tocado por las mañanas en un amable despertar.


Cecilia


Con las manos apoyadas en la cintura, dije a Koos que “aquesta bici està feta una merda”. De pie junto a mi vehículo, me descubrí despreciándola con mirada de abandonador; ella, a mi lado, humillada sin sillín y bajo un manto de heces aviares. 
Con la a de “merda” aún en la boca y como una hamburguesa cósmica siendo volteada en la barbacoa de mi estómago, me chasqueé los dedos. Detente. En voz tierna pero firme me pedí no volver a hablar así de aquella extensión de mí misma, fiel caballo de metal y cómoda sostenedora de mis nalgas interurbanas. Fue en ese taller de bicicletas que decidí que esta vieja máquina de traslados no dormiría más en la calle, bajo los anos tóxicos de las palomas del Baix Guinardó. 
Mi querida bici, de nombre Cecilia por El carrer de les Camèlies de Mercè Rodoreda, vuelve ahora a dormir en la salubridad e higiene de mi casa, donde sus ruedas serán limpiadas con trapillos y su timbre, tocado por las mañanas en un amable despertar.


Menos bien


No sé cómo lo hago que florezco con el error. Como si la corrección y el acuerdo me aburrieran, recupero la consciencia de mí misma con los fallos y las cagadas. Ello dificulta, como es evidente, una percepción satisfactoria de la propia existencia, creyendo a menudo que algo debo de estar haciendo mal o, por lo menos, no lo suficientemente bien. 


Crimen pasional


Hace tiempo que los palillos higiénicos fueron catalogados por las autoridades como utensilios de aperitivo potencialmente peligrosos. En una ocasión durante la inauguración de un establecimiento de vermut de autor, un caballero resultó herido al resbalarle la mano por la sardina y terminar atravesando la carne de su pulgar. No lejos de allí y a las pocas semanas, una familia se vio obligada a trasladar su aperitivo a la sala de espera de urgencias, cuando un primo, encolerizado, castigó a otro comensal con un palillazo ejecutado con la pericia de un torero. Unos lo achacaron a la desafortunada fase lunar,  otros lo achacaron a la invitación punzante del utensilio. La solución propuesta por el gremio fue sin embargo envolverlos en papeles monodosis, delegando una vez más la seguridad en la cobertura y no en la educación de un empleo responsable.


Segundos auxilios


Al vérmelas con el obstáculo de la inflamación y a menos que el dolor sea tal que devenga placer, suelo optar por soluciones prefabricadas y debidamente empaquetadas. Concibo, como persona corriente que soy, el dolor como un evento somático inoportuno y caprichoso, razón por la que jamás sospeché que la madre Naturaleza tuviera en su botica alternativas a la golosa inmediatez de la alquimia farmacéutica. Con gran humildad y sorpresa, sin embargo, hoy testimonio las bondades de un potingue manufacturado en la propia cocina, gracias al que mi rodilla puede volver a soportar tres veces mi peso con cada zancada, recuperando así mi libertad semidesconfinada y mi fe en la sabiduría perenne.


Legañas


Llevaba un mes sin madrugar. Hoy lo he hecho. A las seis he apagado el despertador, más dormida que despierta, y a las seis y media he abandonado la cama. Entiendo madrugar como el logro de abandonar el edredón no más tarde de las siete.
Cuando madrugo realmente, sin embargo, pongo los pies en el suelo entre las cinco y las seis. Ese sí me parece un madrugar valiente. Me he puesto mis bragas azul y blancas con estampado de vajilla inglesa, me he sentado a hacer pis y me he mirado en el espejo del cuarto de baño. He aspirado la barriga hasta tensar el ombligo, admirando los surcos entre mis costillas y sujetándome las tetas en alto para crear la ilusión de una tripa más larga. Anoche olvidé poner el teléfono en modo avión. Me hubiera gustado que todos aquellos (dos) que me escribieron a partir de las diez supieran que a esa hora uno ya debe estar en la cama.
Me disgusta pensar que hayan podido pensar que los he ignorado; peor incluso: que me hayan imaginado viendo una película en el sillón, sorbiendo cerveza y llevando puñados de palomitas a mi boca. Portarme bien es importante para mí. Que los demás lo sepan, más importante todavía. No me importaría, incluso, protagonizar un reality show sobre la magia que se esconde en la soledad del día a día. Me gustaría enseñar al mundo lo hermoso de irse a dormir pronto. De amanecer, observar los sueños y mantenerse en el carril de los buenos hábitos. Me gustaría de verdad. Claro está, que eso es solo por una falta de validación propia. Si yo me lo creo, no necesito contárselo a nadie. No necesito aprobarme a través de nadie. 
Pero al parecer ayuda, claro que ayuda, y a mi personalidad construida o ego le gusta una barbaridad. Frente al cajón de la ropa cómoda, he escogido unas mayas negras y una camiseta que mi madre no quiso, calcetines con caras de zorros que mi madre sí quiso pero yo quise más, y una sudadera de Veterinarios Sin Fronteras que compré en Humana una tarde que se había vuelto fría. Tratando de no hacer ruido con mis chinas al pisar, he subido por las escaleras de mi edificio hasta la azotea, llevando contra mi pecho un cuenco tibetano y unos soportes para meditar. Había estado posponiendo este pequeño traslado, y dudaba que fuera a notar diferencias respecto a la experiencia de llevar a cabo mi ritual en el salón. 
No me queda ya ninguna duda, tras presenciar un glorioso concierto de pájaros y sentir en mi frente la brisa temprana, de que la actividad física del ser humano fue pensada para disfrutarse al aire libre. Todo es mejor al aire libre. Voy a volver a escribirlo: todo es mejor al aire libre.

Empleado del mes


Todos aquellos que fuimos educados en la obediencia y la sumisión encontramos en la mañana un pequeño jardín de silencio. Hipnotizados por una sed esclava de consejos y promesas, la jornada habitual supone para nosotros una carrera de obstáculos de la que el autoestima sale más menos ilesa, en función de si hemos o no cumplido con lo que Fulano esperaba de nosotros. Lo deseable para este colectivo de desdichados será pues levantarse no más tarde de las cinco de la mañana, pues es de este modo y no de otro que logramos, aunque sea por unos minutos y a la luz de la luna, existir a nuestras anchas sin cometer más travesuras que beber más café de la cuenta. En ningún caso, sin embargo, deberemos vivir a oscuras todo el tiempo. Unas horas serán suficientes para recuperar nuestro aliento, al pasear por el parque con el pelo aún moldeado por la almohada. Solos y suficientes hasta que despierten los jefes, padres, maestros y sabelotodos.


Nubes en el cielo


Hoy siento una especie de molestia. Como si llevara el sujetador mal atado, o una costura insistiera en frotarse contra mi piel. Siento el ceño fruncido como si no pudiera hacer nada al respecto y, sin darme cuenta, me he vestido como una profesora de ballet, oscura y apretada como una exigencia inaccesible. Mi estómago está recogido en un nudo abdominal y mis hombros están innecesariamente alertas. Con esta pinta he estado desplazándome de un lado a otro de la casa, yendo de la cafetera a la mesa y de la mesa al sillón, dando pasitos mecánicos sin gloria ni dolor. Todo indica que ha vuelto a ocurrir: he vuelto a perderme en la llamada ajena. Tal me escribe, yo le contesto. Tal manda una canción, yo la escucho. Tantísimo me cuesta recibir sin reaccionar. Como decía, sin embargo, algo es distinto hoy. Hoy me aborrecen la cortesía y la notificación. Hoy ruego silencio en mi sala de estar. La molestia debe de haberse instalado en algún momento entre las once de ayer y las siete de hoy, en forma de mujer penetrando mi pecho. Se ha asomado al chiringuito y ha dicho aquí no servimos más. Ha cerrado los porticones, ha guardado las pizarras y ha recogido las máquinas de granizar. Dejen esta casa en paz y vuélvanse a las suyas. Allí también les atenderán. 


Superyó


Raro es el día que se asemeja al anterior. En mi breve experiencia como animal cautivo, los días se suceden como olas cerca de la playa: suben, bajan y se relajan. El deseo de predecir mis días según estándares de productividad y belleza es a menudo más fuerte que mi capacidad para prestar atención a las particularidades de un día dado, pues qué son treinta días de escuela frente a treinta años de mala educación. Es por ello que aún murmuro improperios cuando decido que no me da la gana media hora de burpees, sentadillas y Dios sabe qué otras fórmulas quemagrasa para culturistas de estar por casa. Pero si logro sintonizar, como surfista novato, mis movimientos con los de las olas universales, terminaré decidiendo (sin decidirlo yo realmente) que hoy es (y no por ello mañana también) un buen día para poner un disco de música caribeña y bailar desnuda como si fueran a quemarme.