Todos aquellos que fuimos educados en la obediencia y la sumisión encontramos en la mañana un pequeño jardín de silencio. Hipnotizados por una sed esclava de consejos y promesas, la jornada habitual supone para nosotros una carrera de obstáculos de la que el autoestima sale más menos ilesa, en función de si hemos o no cumplido con lo que Fulano esperaba de nosotros. Lo deseable para este colectivo de desdichados será pues levantarse no más tarde de las cinco de la mañana, pues es de este modo y no de otro que logramos, aunque sea por unos minutos y a la luz de la luna, existir a nuestras anchas sin cometer más travesuras que beber más café de la cuenta. En ningún caso, sin embargo, deberemos vivir a oscuras todo el tiempo. Unas horas serán suficientes para recuperar nuestro aliento, al pasear por el parque con el pelo aún moldeado por la almohada. Solos y suficientes hasta que despierten los jefes, padres, maestros y sabelotodos.