~ Escribir me viene bien siempre y cuando no busque nada. Es contradictorio, porque yo busco cosas mientras escribo, o escribo como búsqueda, entonces, no puedo escribir sin buscar, o supongo que sí puedo, pero sería un modo distinto de escribir, uno nuevo, donde nada busco, e imagino que nada encuentro. ¿Qué clase de escritura es esa?
~ Para empezar, no hay nada. Hay, acaso, unas ganas, una semilla de algo que ya sabe qué va a ser pero no se sabe desde fuera. Yo no sé qué va a ser este texto, pero este texto sí tiene la información en sí de lo que va a ser. Yo, como humana, no puedo hacer más que regarlo y cuidarlo y ver qué sale, en qué se convierte. Acompañar a este texto en su adolescencia y luego verlo crecer, independizarse, y tomar decisiones más allá de mis deseos. Ahora ya es un animal libre, y yo como mucho le he puesto una correa, más simbólica que otra cosa, y mi trabajo aquí está hecho, que no era hacerlo perfecto sino permanecer junto a mi texto viviente en su temprana existencia textual.
~ He escrito un texto. Y ahora, ¿qué hago con él? El texto sigue escribiéndose, soy yo quien lo escribe, pero a la vez no es mío, sino que es suyo, o no es de nadie, y yo solo ando a su lado, pero claramente este texto es mío, ¿de quién va a ser? Ahora estoy confundida y siento que avanzo sin querer avanzar, detesto esta sensación, como la de estar en una fiesta sin poder irme, o seguir en una conversación que me aburre. Respiro. Querer irme sin irme es quedarme. Si me quiero ir quedándome, algo no estoy haciendo bien. Me detengo (dejo de pensar) y me voy a otra cosa. Gracias por invitarme, debo irme, cojo mi abrigo y me voy.
~ La magia de la Gestalt, o la magia de la vida for that matter, es aprender a ver que hay un caballo en el momento presente y que está vivo, que ese caballo ocupa el espacio entre uno mismo y el momento presente. Y que si uno ve ese caballo, uno ve que tiene poder de reacción y de acción sobre sí mismo y el mundo, o mejor sobre sí mismo en reacción al mundo. Y uno puede cuidar de ese caballo preguntándose ¿qué me está pasando?, ¿por qué estoy así?, preocupándose genuinamente por el estado de sí mismo.
También puede relacionarse con el caballo animándolo a andar más rápido, o sacándolo del arbusto y conduciéndolo de vuelta al camino, porque ahora no tocaba comer, ahora tocaba una excursión hasta el castillo. Porque, no lo olvidemos, el caballo no decide. Quien decide soy yo, es cada uno de nosotros. Si estoy triste, si mi caballo está triste, voy a cuidarlo. Y ya veré si lo hago trabajar o si me lo llevo a dar un masaje, o un paseo tranquilo al paso. Si mi caballo está ansioso, veré qué necesita.
Y cuanto más conozca a mi caballo, más sabré qué necesita, qué le hace bien. Nuestro vínculo será de confianza si le doy libertad total para estar como esté. Si él percibe que no me enfado por su estado, sino que le doy espacio y lo atiendo, él trabajará conmigo en la medida de lo posible. Al fin y al cabo es un animal, el más noble y poderoso de todos, pero animal al fin y al cabo. Y mi caballo efectivamente soy yo, es el cuerpo, yo soy quien está triste, pero si soy yo quien está triste, ¿quién me cuida? Si me veo como el caballo triste, doy espacio a una consciencia superior que me permita sentirme así, que me atienda y me sosiegue.
~ Dibujar es el arte de mirar y mover a la vez un lápiz.
~ He dibujado un vaso con flores sobre un posavasos hecho a ganchillo por mí. Buscaba dibujar algo sin “ponerle demasiada mente”, como se dice en argot gestáltico. Estoy satisfecha con el resultado. Puedo, así pues, estar contenta. Sin embargo, algo le falta. Le falta ser visto, ser mostrado. ¿A quién le importa que yo haya hecho un dibujo y lo tenga en mi libreta? Un dibujo debe ser mostrado para vivir. ¿No es así? Me pregunto de verdad cuál es el propósito de dibujar. El propósito te lo voy a decir yo (me doy cuenta a medida que escribo) que es el dibujar mismo, en caso de que uno quisiera dibujar. Por ejemplo, no tiene el mismo propósito un dibujo hecho por encargo, que uno hecho porque una quería dibujar algo porque se había propuesto dibujar cosas sin pretensión y escribir sobre el acto de hacer un dibujo.
Así pues, se ha cerrado el círculo, que en principio se traduce en satisfacción. En caso contrario, si como he dicho no me acabo de dar por satisfecha, es porque había algo más. ¿Qué más pretendía o esperaba yo al dibujar? Supongo que me he propuesto dibujar no solo para hacer un dibujo, sino para demostrarme que soy buena, que obedezco, que soy cierto tipo de persona: el tipo de persona que hace dibujos. Supongo que ese tipo de persona empieza por hacer tales tipos de dibujo. Así que, ahora sí, veo que ya no hay nada más. Me alegra y satisface haberme dado cuenta de esa parte de mí: la que pretende ser cierto tipo de persona haciendo cierto tipo de cosas.
~ Ayer vi dos petirrojos y hoy, dos abubillas. ¿Seré la mujer más afortunada del mundo? ¿Tendrá la vida serios planes para mí? Alguien me dijo hace poco que, cuando los pájaros detectan a un ornitólogo aficionado, se preocupan de llamarlo para que este mire en su dirección. Si los busco no los encuentro, y permanezco como una idiota mirando a las copas de los árboles ganándome una tortícolis. Pero cuando menos me lo espero aparecen en mis narices mis favoritos: la curruca cabecinegra, el carbonero, el herrerillo, la estrilda y la abubilla, saltando de una rama a otra o volando distancias cortas.
Ayer, entre uno y otro petirrojo vi un pajarillo que nunca había visto antes. Del tamaño de un gorrión, negro y con motas blancas muy pequeñas, se movía con la velocidad de la estrilda pero sin ir en grupo. Una suerte de estornino pequeño. No lo he encontrado en mi guía de aves paseriformes de la península ibérica, así como en la lista de aves invasoras. Un misterio que tal vez algún connaisseur sepa ayudarme a resolver.
~ Un dibujo puede dibujarse de muchas maneras. Algunas de ellas son: con miedo, con cautela, con descaro o con valentía. Las dos primeras de ellas corresponden al dibujo de la izquierda, mientras que las dos últimas responden al dibujo de la derecha. Me pregunto si el lector se encuentra ahora mirando ambos dibujos en busca de indicios sutiles.
A menudo dibujo por obligación. Es entonces cuando dibujo con pavor a equivocarme, resultando así un trazo temeroso, incierto, que pisa sin pisar y, si lo hace, pisa más de la cuenta. No me siento bien después de dibujar porque debo.
Cuando dibujo porque me da la gana, en cambio, el dibujo se convierte en una suerte de irreverencia, de descubrimiento alegre, sintiéndome al terminarlo como quien esculpe un muñeco de mantequilla, sabiendo que el sabor va a ser delicioso, pues el horno no favorece al talento artístico.
Pese a que lo sé, el hijo que he criado segundo me cae mejor, por el simple hecho de que lo que me devuelve son las partes de mí que deseo ver, con las que deseo identificarme, y aunque ambos sean hijos míos soy humana y solo quiero atender a las cualidades que más placenteras me resultan. Me pregunto si este mismo criterio siguen los padres de hijos criados de modo distinto, uno más rígido y otro más laxo, uno exigente y el otro disfrutón. Me respondo que los padres posiblemente desprecien, de un modo inconsciente, a esos hijos que les devuelven todo aquello que quisieran olvidar.






